“Recuerdo haber escrito hace unos años un extraño poema en el que me imaginaba que, por un día, Cristo se dedicaba a hacer los milagros que a él le gustaban y no los puramente prácticos que la gente le pedía. Y que, en un camino de Palestina, una muchacha hermosísima se presentaba delante de él planteándole la más dolorosa  de las curaciones:
Ella era tan bella, que toda la querían, pero ella no quería a nadie. Deseada por todos, arrastraba una belleza inútil e infecunda. Y le pedía a Cristo el mayor de los milagros:

“Que le concediera el don de amar”.

Cristo, entonces, la miraba con emoción y compasión y le preguntaba:

“¿Sabes que si amas tendrás que vivir cuesta arriba?”

La muchacha respondía:

“Lo sé, Señor, pero lo prefiero a este gozo muerto, a esta felicidad inútil”.

Ahora Cristo le sonreía y le decía:

“Esta bien, levántate y ama, muchacha. Entra en el mundo terrible  de los que han preferido a ser amados”. Y la muchacha se alejaba con el alma multiplicada, dispuesta a nadar felizmente a contracorriente de la vida”. (José Luís Martín Descalzo)

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Es posible que le hayamos pedido a Dios muchos milagros en nuestra vida.
¿Le habremos pedido alguna vez el milagro de que nos regale el don del amor?
¿El don de ir contracorriente de tantos egoísmos e intereses?
¿El don de amar, por más que los demás no nos amen?
¿El don de poder amar ensanchando nuestra alma encogida por el egoísmo e incluso por nuestra belleza?

El mayor milagro que Dios puede hacernos es sanar nuestro corazón agrandándolo con el amor. Y sin embargo, es posible que cada uno prefiera que le cure el dedo meñique que le duele a no que le sane el corazón.
Dios ha hecho milagros sanando nuestras heridas y nuestros sufrimientos. Y tal vez, eso es lo que más nos llama la atención de Dios.

Sin embargo, el mayor milagro de Dios para con los hombres nos lo relata hoy Juan:

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en el, sino que tengan vida eterna”.

El mayor milagro de Dios cada día en nuestras vidas es que nos ama, incluso si no somos dignos de ser amados o rechazamos su amor.

Clemente Sobrado C.P.

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