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Archive for the ‘Por los Senderos de Mi Perú’ Category

Navidad en los andes (2)

Miércoles, diciembre 16th, 2009

/…El día 24, salido el sol apenas, comenzaba la masacre de animales, hecha por los sirvientes indios. La cocinera Vishe, india también, a la cual nadie le sabía la edad y mandaba en la casa con la autoridad de una antigua institución, pedía refuerzos de asistentes para hacer su oficio.

Mi abuela Juana y mamá, con mis tías Carmen y Chana, amasaban buñuelos. Mi padre alineaba las encargadas botellas de pisco y cerveza, y acaso alguna de vino, para quien quisiese. En la despensa hervía roja chicha en cónicas botijas de greda. Del jardín llevábanse rosas y claveles al altar, la sala y todas las habitaciones. Tradicionalmente, en los ramos entremezclábanse los colores rojo y blanco. Todas las gentes y las cosas adquirían un aire de fiesta.

Servíase la cena en un comedor tan grande que hacía eco, sobre una larga mesa iluminada por cuatro lámparas que dejaban pasar una suave luz a través de pantallas de cristal esmerilado. Recuerdo el rostro emocionadamente dulce de mi madre, junto a una apacible lámpara. Había en la cena un alegre recogimiento aumentado por la inmensa noche, de grandes estrellas, que comenzaba junto a nuestras puertas. Como que rezaba el viento. Al suave aroma de las flores que cubrían las mesas, se mezclaba la áspera fragancia de los eucaliptos cercanos.

Después de la cena pasábamos a la habitación del Nacimiento. Las mujeres se arrodillaban frente al altar y rezaban. Los hombres conversaban a media voz, sentados en gruesas sillas adosadas a las paredes. Los niños, según la orden de cada mamá, rezábamos o conversábamos. No era raro que un chicuelo demasiado alborotador, se lo llamara a rezar como castigo.  Así iba pasando el tiempo.

De pronto, a lo lejos sonaba un canto que poco a poco avanzaba acercándose. Era un coro de dulces y claras voces. Deteníase junto a la puerta. Las “pastoras” entonaban una salutación, cantada en muchos versos. Recuerdo la suave melodía. Recuerdo algunos versos:

En el portal de Belén
hay estrellas, sol y luna;
a Virgen y San José
y el niño que esta en la cuna.

Niñito, por qué has nacido
en este pobre portal,
teniendo palacios ricos
donde poderte abrigar…

Súbitamente las “pastoras” irrumpían en la habitación, de dos en dos, cantando y bailando a la vez. La música de los versos había cambiado y estos eran más simples.

Cuantas muchachas quisieron formar la banda, tanto las blancas hijas de los patrones como las sirvientas indias y cholas, estaban allí confundidas. Todas vestían trajes típicos de vivos colores. Algunas ceñíanse una falda de pliegues precolombina, llamada anaco. Todas llevaban los mismos sombreros blancos adornados con cintas y unas menudas hojas redondas de olor intenso. Todas calzaban zapatillas de cordobán.

Había personajes cómicos. Eran los “viejos”. Los dos mocetones habíanse disfrazado de tales, simulando jorobas con un bulto de ropas y barbazas con una piel de chivo. Empuñaban cayados. Entre canto y canto, los “viejos” lanzaban algún chiste y bailaban dando saltos cómicos. Las muchachas danzaban con blanda cadencia, ya en parejas o en forma de ronda. De cuando en vez, agitaban claras sonajas. Y todo quería ser una imitación de los pastores que llegaron a Belén, así con esos trajes americanos y los sombreros peruanísimos. El cristianismo hondo estaba en una jubilosa aceptación de la igualdad. No había patrona ni sirvientitas y tampoco razas diferenciadoras esa noche.

La banda irrumpía el baile para hacer las ofrendas. Cada “pastora” iba hasta la puerta, donde estaban los cargadores de los regalos y tomaba el que debía entregar. Acercándose al altar, entonaba un canto alusivo a su acción.

- Señora Santa Ana,
¿por qué llora el Niño?
-Por una manzana
que se le ha perdido.

-No llore por una,
yo le daré dos:
una para el Niño
y otra para vos

La muchacha descubríase entonces, caía de rodillas y ponía efectivamente dos manzanas en la plataforma que ya mencionamos. Si quería dejaba más de las enumeradas en el canto. Nadie iba a protestar. Una tras otra iban todas las “pastoras” cantando y haciendo sus ofrendas. Consistían en juguetes, frutas, dulces, café y chocolate, pequeñas cosas bellas hechas a mano. Una nota puramente emocional era dada por la “pastora” más pequeña de la banda. Cantaba:

A mi niño Manuelito
todas le trae un don
Yo soy chica y nada tengo,
le traigo mi corazón.

La chicuela arrodillábase haciendo con las manos el ademán del caso. Nunca faltaba quien asegurara que la mocita de veras parecía estar arrancándose el corazón para ofrendarlo.

Las “pastoras” íbanse entonando otros cantos, en medio de un bailecito mantenido entre vueltas y venias. A poco entraban de nuevo, con los rebozos y sombreros en las manos, sonrientes las caras, a tomar parte en la reunión general.

Como habían pasado horas desde la cena, tomábase de la plataforma los alimentos y bebidas ofrendados al Niño Jesús. No se iba a molestar el Niño por eso. Era la costumbre. Cada uno servíase lo que deseaba. A los chicos nos daban además los juguetes. Como es de suponer, las “pastoras” también consumían sus ofrendas. Conversábase entre tanto. Frecuentemente, pedíase a las “pastoras” de mejor voz, que cantaran solas. Algunas accedían. Y entonces todo era silencio, para escuchar a una muchacha erguida, de lucidas trenzas, elevando una voz que era a modo de alta y plácida plegaria.

La reunión se disolvía lentamente. Brillaban linternas por los corredores. Me acostaba en mi cama de cedro, pero no dormía. Esperaba ver de nuevo a mamá. Me gustaba ver que mi madre entraba caminando de puntillas y como ya nos habían dado los juguetes, ponía debajo de mi almohada un pañuelo que había bordado con mi nombre. Me conmovía su ternura. Deseaba yo correspondérsela y no le decía que la existencia había empezado a recortarme los sueños. Ella me dejó el pañuelo bordado, tratando de que yo no despertara, durante varios años.

Ciro Alegría (1909-1967)

Navidad en los andes (1)

Miércoles, diciembre 16th, 2009

Marcabal Grande, hacienda de mi familia, queda en una de las postreras estribaciones de los Andes, lindando con el río Marañon. Compónenla cerros enhiestos y valles profundos. Las frías alturas azulean de rocas desnudas. Las faldas y llanadas propicias verdean de sembríos, donde hay gente que labre, pues lo demás es soledad de naturaleza silvestre.

En los valles aroman el café, el cacao y otros cultivos tropicales, a retazos, porque luego triunfa el bosque salvaje. La casa hacienda, antañona construcción de paredes calizas y tejas rojas, álzase en una falda, entre eucaliptos y muros de piedra, acequias espejeantes y un huerto y un jardín y sembrados y pastizales. A unas cuadras de la casa, canta su júbilo de aguas claras una quebrada y a otras tantas, diseña su melancolía de tumbas un panteón.

Moteando la amplitud de la tierra, cerca, lejos, humean los bohíos de los peones. El viento, incansable transeúnte andino, es como un mensaje de la inmensidad formada por un tumulto de cerros que hieren el cielo nítido a golpe de roquedales.

Cuando era niño, llegaba yo a esa casa cada diciembre durante mis vacaciones. Desmontaba con las espuelas enrojecidas de acicatear al caballo y la cara desollada por la fusta del viento jalquino. Mi madre no acababa de abrazarme. Luego me masajeaba las mejillas y los labios agrietados con manteca de cacao. Mis hermanos y primos miraban las alforjas indagando por juguetes y caramelos. Mis parientes forzudos me levantaban en vilo a guisa de saludo. Mi ama india dejaba resbalar un lagrimón. Mi padre preguntaba invariablemente al guía indio que me acompañó si nos había ido bien en el camino y el indio respondía invariablemente que bien.

Indio es un decir, que algunos eran cholos. Recuerdo todavía sus nombres camperos: Juan Bringas, Gaspar Chiguala, Zenón Pincel. Solían añadir, de modo remolón, si sufrimos lluvia, granizada, cansancio de caballos o cualquier accidente. Una vez, la primera respuesta de Gaspar se hizo más notable porque una súbita crecida llevóse un puente y por poco nos arrastra el río al vadearlo. Mi padre regañó entonces a Gaspar:

- ¿Cómo dices que bien?

- Si hemos llegao bien, todo ha estao bien-, fue su apreciación.

El hecho era que el hogar andino me recibía con el natural afecto y un conjunto de características a las que podría llamar centenarias y, en algunos casos, milenarias.

Mi padre comenzaba pronto a preparar el Nacimiento. En la habitación más espaciosa de la casona, levantaba un armazón de cajones y tablas, ayudado por un carpintero al que decían Gamboyao y nosotros los chicuelos, a quienes la oportunidad de clavar o serruchar nos parecía un privilegio. De hecho lo era, porque ni papá ni Gamboyao tenían mucha confianza en nuestra destreza.

Después, mi padre encaminábase hacia alguna zona boscosa, siempre seguido de nosotros los pequeños, que hechos una vocinglera turba, poníamos en fuga a perdices, torcaces, conejos silvestres y otros espantadizos animales del campo. Del monte traíamos musgo, manojos de unas plantas parásitas que crecían como barbas en los troncos, unas pencas llamadas achupallas, ciertas carnosas siemprevivas de la región, ramas de hojas olorosas y extrañas flores granates y anaranjadas. Todo ese mundillo vegetal capturado, tenía la característica de no marchitarse pronto y debía cubrir la armazón de madera. Cumplido el propósito, la amplia habitación olía a bosque recién cortado.

Las figuras del Nacimiento eran sacadas entonces de un armario y colocadas en el centro de la armazón cubierta de ramas, plantas y flores. San José, la Virgen y el Niño, con la mula y el buey, no parecían estar en un establo, salvo por el puñado de paja que amarilleaba en el lecho del Niño. Quedaban en medio de una síntesis de selva. Tal se acostumbraba tradicionalmente en Marcabal Grande y toda la región. Ante las imágenes relucía una plataforma de madera desnuda, que oportunamente era cubierta con n mantel bordado, y cuyo objeto ya se verá.

En medio de los preparativos, mamá solía decir a mi padre, sonriendo de modo tierno y jubiloso:

- José, pero si tú eres ateo…

- Déjame, déjame, Herminia, replicaba mi padre con buen humor-, no me recuerdes eso ahora y…a los chicos les gusta la Navidad…

Un ateo no quería herir el alma de los niños. Toda la gente de la región, que hasta ahora lo recuerda, sabía por experiencia que mi padre era un cristiano por las obras y cotidianamente.

Por esos días llegaban los indios y cholos colonos a la casa, llevando obsequios, a nosotros los pequeños, a mis padres, a mi abuela Juana, a mis tíos, a quien quisieran elegir entre los patrones. Más regalos recibía mamá. Obsequiábannos gallinas y pavos, lechones y cabritos, frutas y tejidos y cuantas cosillas consideraban buenas. Retornábaseles la atención con telas, pañuelos, rondines, machetes, cuchillas, sal, azúcar… Cierta vez, un indio regalóme un venado de meses que me tuvo deslumbrado durante todas las vacaciones.

Por esos días también iban ensayando sus cantos y bailes las llamadas “pastoras”, banda de danzantes compuesta por todas las muchachas de la casa y dos mocetones cuyo papel diré luego.

(continuará…Wink

Ciro Alegría (1909-1967)

Convento de San Francisco

Jueves, febrero 26th, 2009

Un Castillo de Dios en la Ciudad de los Reyes

Junto con la Iglesia de la Merced, este inmenso edificio sagrado ofrece la fachada más espectacular y suntuosa de Lima. Las dos torres macizas de amarillo radiante que se elevan en la zona monumental de la capital del Perú evocan la idea de un baluarte de la fe y enmarcan un portal de retablo tallado de piedra oscura en cuyo centro se encuentra una bella escultura de la Inmaculada. Ese portal principal está coronado por un medallón filigrano que representa el signo de Cristo rodeado de un círculo de rayos.

Fascina la monumentalidad del Convento de San Francisco, uno de los tres más grandes de América, que ocupa todavía una cuadra entera del centro de Lima. En la época de su construcción – siglos XVI y XVII – el esplendor arquitectónico también sirvió para fines misionarios : debía impresionar a los indígenas, atrayéndolos mediante la belleza del arte barroco a la nueva fe cristiana.

Después de contemplar durante unos momentos la fachada, nos adentramos para ver qué misterios guardan estos muros macizos. Un paseo por el Convento de San Francisco significa también explorar siglos de historia limeña tan presentes aquí como en pocos lugares de la capital peruana. Para visitar este monumento solamente podemos hacerlo en grupo y obligatoriamente con un guía.  Aunque lo hemos visitado tantas veces que mis hijas y yo lo conocemos como la palma de nuestra mano y cada ves que vamos de visita encontramos cosas nuevas que nos maravillan.

La primera sorpresa nos espera ya inmediatamente detrás de la entrada, al subir la escalera: es una bellísima cúpula del más puro estilo Mudéjar sevillano tallado en madera de cedro a finales del Siglo XVI.

Luego subimos a la magnífica biblioteca del convento que en el tiempo de su construcción (Siglo XVII) fue una de las más modernas e importantes de América. En sus estantes de madera noble, los preciosos manuscritos, libros de oración y tratados teológicos están luchando contra el tiempo y la lenta descomposición.

La biblioteca también guarda libros en kechua. Lamentablemente, no se puede visitar sus salas, sino sólo contemplarla desde la entrada.

Luego entramos en la parte alta de la Iglesia principal del Convento. Desde allí hay una vista muy buena e insólita de la basílica cuyas naves laterales están formadas por las capillas.

Las columnas y bóvedas del templo y la cúpula central parecen aún más manieristas que barrocas y están adornadas de decoraciones geométricas de rojo y blanco. Comparada con las iglesias del pleno Barroco limeño (La Merced, San Pedro), esta Iglesia de San Francisco parece algo más sencilla, los retablos no son tan altos como en los templos del Barroco churrigueresco. No obstante, esta iglesia – y el inmenso conjunto del Convento de San Francisco guarda mucho más tesoros de arte que la Catedral de Lima.

Paseando por la sacristía y la sala capitular, podemos contemplar cuadros del gran pintor de la Escuela Sevillana, Francisco de Zurbarán (1598 – 1664), esculturas de Alonso Cano y otros maestros barrocos “importados”. Es casi un milagro que esas obras de arte llegaran aquí sin caer en manos de piratas ingleses o desaparecer en una tormenta en el mar en aquella época tan aventurera.

Entre las obras creadas en el Perú destaca una inmensa pintura de la Sagrada Cena de la Escuela Cuzqueña que muestra Jesús rodeado de sus apóstoles y bendiciendo y lo peculiar de esta pintura es que en lugar del cordero se puede apreciar un cuy (conejo de Indias).

Las salas del convento principal guardan una cantidad impresionante de obras de arte de primera categoría, pero para la mayoría de los visitantes, lo más sorprendente y espectacular es el mundo subterráneo de San Francisco. Seguimos a nuestra guía  quien encabeza  la bajada al “averno” donde nos adentramos en un laberinto tenebroso de túneles y catacumbas.

Después de que nuestros ojos se acostumbran a la oscuridad, descubrimos que debajo del angosto sendero por el que avanzamos muy lentamente, a la izquierda y derecha hay inmensas fosas llenas de – ¡blancas calaveras y huesos humanos que resplandecen en las tinieblas! Casi los tocamos con nuestros pies.

Las reacciones en el grupo son muy contrarias, hay de todo, gritos de susto, espontáneos y chillantes, risita semi-histérica – expresión de angustias reprimidas, y silbidos que se burlan de la Muerte y angustias, dependiendo del grupo que nos haya tocado.

Algunos de los espectadores que tienen que moverse agachados por este profundo “Túnel de los Muertos” enmudecen ante estas vistas terribles y por el choque de la confrontación con la transitoriedad y horrible fragilidad de la carne humana. Otros, los “agnósticos serenos”, se divierten con los momentos pintorescos de miedo en medio de esta Catedral subterránea de Huesos. Para aumentar los efectos de esa “película de miedo”, en algunas fosas han colocado las calaveras y huesos de manera que formen figuras geométricas, así que de repente aparecen círculos formados por calaveras que nos miran con las cuencas del ojo vacías.

Pero naturalmente, las catacumbas de San Francisco no fueron construídas como atracción turística, sino durante los dos primeros siglos de la historia de Lima (XVI y XVII) constituyeron el cementerio principal de la ciudad. Según calculaciones limeños, unos 70.000 habitantes de la capital encontraron aquí su última morada.

En la época actual, esa morada subterránea parece haber perdido su silencio y tranquilidad, porque Lima necesita el turismo y los turistas piden atracciones espectaculares y originales. De esta manera, las catacumbas del Convento de San Francisco se convierten involuntariamente por momentos en una especie de tren infernal y ante los ojos de los visitantes agradablemente asustados, muchas de las 70.000 calaveras están brillando, iluminadas por los flashes de las cámaras. Posiblemente, las almas de los muertos cuyos huesos descansan aquí ni siquiera se sentirán molestados por los invasores terrestres, sino miran a los criaturas mortales divirtiéndose divinamente y observando cómo intentamos disipar las sombras de las angustias al fotografiar la Muerte o burlándonos de ella.

Al final, todo el grupo – como niños después de subir a un tren infernal – siente cierto alivio cuando nuestra guía anuncia el regreso y la subida a la luz, dejando atrás las tinieblas podridas. Ahora, antes de despedirnos, nos presenta otra obra de arte muy original : el Claustro del Convento, cuya restauración está llegando al último toque, está adornado casi completamente por un zócalo de brillantes Azulejos.

Este hecho no sería tan extraordinario, si no se tratara de azulejos especiales, algunos muestran una fecha: 1620, La Cartuja. Casi todos los azulejos son originales de 1620, fabricados en su época en Sevilla, en la famosa fábrica de cerámica de La Cartuja y traídos por un largo camino aventurero por un océano lleno de peligros incalculables a Lima.

Y ahora, los restauradores están trabajando para conservarlos para la memoria de Lima. Paseamos por el claustro, contemplando las imágenes de los azulejos que a veces muestran figuras sorprendentemente profanas. Y nos despedimos de este inmenso complejo arquitectónico que es a la vez un libro abierto de la historia de la “Ciudad de los Reyes”.

Sentados en la plaza soleada delante de la Iglesia de San Francisco, observamos un par de momentos los niños que están jugando al sol, cazando palomas alrededor de la fuente. ¿Cuándo llegarán a saber que tan sólo un par de metros debajo de sus pies están colocadas las calaveras de sus antepasados?

Algunos partes fueron extraidas de la red.

San Francisco

Viernes, febrero 20th, 2009

Una joya en la ciudad. Simplemente hermoso, quizás esa sea la mejor manera de definir el Convento de San Francisco, ubicado a poco más de dos cuadras de la Catedral, en la intersección de los jirones Lampa y Ancash, en el centro histórico de Lima.

Hay quienes dicen que San Francisco es el conjunto arquitectónico más relevante de la ciudad, porque la Plazuela, el Convento y la Iglesia, forman una magnífica unidad de volumen y color.

Otros expertos, en cambio, van mucho más allá, afirmando que el exterior franciscano es uno de los ambientes monumentales más logrados de Hispanoamérica.

La construcción del Convento se inició en 1542, tras el asesinato de Pizarro. En 1656 el local franciscano colapsó, por lo que se emprendió la reedificación.

En una primera etapa, que duró de 1659 a 1662, las obras estuvieron a cargo del arquitecto portugués Constantino Vasconcelos, quien trabajó al lado del maestro limeño Manuel de Escobar.

Este último lo sucedió en la segunda etapa, que abarcó de 1669 a 1674. Escobar hizo sustanciales modificaciones al proyecto original por lo que puede ser considerado como el verdadero artífice del Convento.

http://www.enjoyperu.com

Iglesias y Conventos

Viernes, febrero 20th, 2009

Quien visita Lima y no recorre sus iglesias y conventos,no puede decir que realmente ha conocido la Ciudad de los Reyes, ya que sólo de ver sus imponente portadas o la solidez de sus claustros (que por siglos han sido y son la admiración de peruanos y extranjeros) puede entenderse la esencia y el espíritu que encierra la capital DEL PERU.

Porque desde que Lima fuera fundada un aire de religiosidad se respira en sus calles. Aire que ni el ineludible paso de los siglos ha podido borrar, porque templos y conventos de artísticas fachadas y altísimos campanarios, son la evidencia de una fe que se mantiene inquebrantable.

Lima, ciudad de iglesias y claustros, de torres coronadas por cruces que acarician las nubes, de feligreses que musitan sus plegarias mientras se golpean el pecho reconociendo sus pecados y en la que el repicar de las campanas parece ser el llamado del cielo.

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Historia

Viernes, febrero 20th, 2009

Con 1.285.215 km2, el Perú es tercer país de mayor extensión en América del Sur, después de Brasil y Argentina, situándose así entre los 20 países más extensos del planeta. Además posee 200 millas marinas y derechos territoriales sobre una superficie de 60 millones de hectáreas en la Antártida. Actualmente tiene una población de 27.000.000 de habitantes.

El Perú es un país de todas las sangres. A través de su historia, ha sido el punto de encuentro de diferentes razas y culturas. A la población nativa se sumaron, hace cerca de 500 años, los españoles. Producto de ese encuentro enriquecido posteriormente con las migraciones de negros, asiáticos y europeos, emerge el hombre peruano, representante de una nación cuya riqueza étnica constituye una de sus más importantes características.

El Perú es un país mágico y milenario, posee una diversidad de riquezas poco comunes en el mundo, ofrece al visitante infinitas alternativas y la posibilidad de vivir una experiencia única: Historia, cultura, naturaleza, aventura y mucho más en un solo destino.
Vamos conociéndolo poco a poco se que te agradará su historia mas de 10 mil años de herencia arqueológica, su naturaleza, en el Perú viven cerca del 20% de las aves y el 10% de los mamíferos y reptiles del mundo. Sus fiestas y tradiciones, su incomparable gastronomía y muchas cosas mas.

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