Antes de la colitis (sí, ya padezco colitis, o como dice mi tía “¿A tu edad y con esos problemas?”), el café nunca fue para mí un placer completo: siempre al estar tomando una taza, por más delicioso que fuera su contenido, ya estaba pensando en la taza siguiente.
Me inicié en esto del café por cercanía, por unirme al grupo de tíos que platicaban cosas de grandes, mientras yo andaba por ahí, de orejona, queriendo también sentirme grande y preparándome mi café soluble (pero nunca descafeinado) a escondidas en la cocina. Hoy para mí el café es olor, memoria, sabor, tanto en soledad como en compañía.
Un buen día, evadiendo una tarea escolar, me puse a leer El perseguidor de Julio Cortázar, donde encontré esta cita:
“Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está en la última miseria; todavía puede resistir un poco”.
No sabía que al dejar de ser estudiante y salir del hogar, esas serían unas palabras a las cuales me aferraría en los tiempos más difíciles en los que me repetía a mí misma: “no estoy en mi última pobreza, porque de jodido tengo este frasco de nescafé” (y ponía cara de Gollum al decir “my precious”).
Y bueno, por temporadas se acabaron los tiempos difíciles y no he vuelto a tomar café soluble más que en ocasiones en que no hay otra opción. Hasta que empezó lo de la colitis, y ahora me tomo como un café a la semana, y lo disfruto como si fuera todo. Todavía antes de que el doctor dictara esa horrible sentencia de “Tienes colitis”, me pasó que un día tenía frente a mí la taza de café obligatoria de después de cada comida, y el malestar fue tan fuerte que me doblé de dolor. Estaba sola sola sola en mi oficina, sudando y temblando de dolor, contemplando la taza de café que me tentaba mientras yo sufría, y no, no era posible dejar que se enfriara, todo menos eso. Así, doblada de dolor, me dije a mí misma “déjate de tonterías” y me lo tomé de un jalón.
Me puse fatal, obvio. Luego ya me dijeron lo de la colitis, y ni modo. A bajarle al café. Fue algo triste, muy triste, pero ya qué.
Ahora tomo una taza de café aproximadamente una vez cada siete días. Pero pido muchos cafés, siempre que puedo, siempre que estoy con amigos, a media conversación, pido una taza de café y le doy algunos sorbitos, lo uso de pretexto para estar acompañada de la gente más grata. Es ahora cuando he vuelto al motivo original para iniciarme en la cafeinomanía, el placer de la conversación, ya que ya no puedo disfrutar de las cantidades exageradas de líquido negro de antes, cuando incluso tenía que consumir 750 ml de café justo antes de dormir para poder descansar.
Ahora que ya no lo tengo para mí, recurro a esta frase de Luciano de Crescenzo, en Il caffè sospeso:
“Quando un napoletano è felice per qualche ragione, invece di pagare un solo caffè, quello che berrebbe lui, ne paga due, uno per sé e uno per il cliente che viene dopo. È come offrire un caffè al resto del mondo…”.
¿Qué más queda? Vivan los vicios que sirven para unirnos a los demás. Y mientras tanto, para ti que no tienes colitis, te dejo este decálogo.
1. No recurras al café soluble, a menos que la crisis te haya pegado mega fuerte.
2. No te cases con ningún grano, ninguna marca, ¡ni con ninguna franquicia! Aléjate de Starbucks, Vips y Sanborns. Siempre explora sabores nuevos, olores nuevos.
3. Busca un novi@ que comparta tu misma adicción; es chocante cuando el otro pide un tecito de manzanilla con lavanda.
4. Si no tienes café en casa, ni modo, ponle buena cara a la vecina, aunque sea una vieja odiosa.
5. Desconfía de todo aquel que arruina un buen café echándole crema en polvo.
6. Cada que vayas a un pueblo y/o ciudad lejana, pregunta por el mejor café, y regresa a tu casa con dos kilos.
7. No recalientes el café en el micro, ¡mucho menos lo dejes de un día para otro! El café se toma en caliente, y punto.
8. No adoptes la costumbre de acompañar cada taza de café con un pastelito o panecito. Terminarás con muchos kilos de más.
9. Explora tu colonia, nunca sabes si el mejor café (en sabor y precio) está en una chiquicafetería a la vuelta de tu casa.
Y por último:
10. ¡Ofrece un café al mundo!
A/D