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Archive for abril 10th, 2009

¡¡Feliz Pascua de Resurrección!!

Viernes, abril 10th, 2009

Muchos pensamos que La Semana Santa es semana de muerte, pero debemos meditar que principalmente es también una semana de vida.
Nos habla de muerte y de sepultura, pero también nos habla de un amanecer pascual con un sepulcro vacío y un Cristo nuevo resucitado y con nosotros, mujeres y hombres nuevos resucitados con El.

Amigos, vivamos estos días con los ojos, sí, pero sobre todo con los ojos del corazón y de la fe. Sintamos los mismos sentimientos que Jesús sintió: que son los sentimientos mas bellos de perdón y de amor, de vida.

Y que todos podamos amanecer el domingo de Resurrección con un corazón nuevo, transformado por el misterio de su Muerte y Resurrección y que juntos, podamos entonar gozosos el ALELUYA, ALELUYA, ALELUYA, EL SEÑOR RESUCITÓ.

¡¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN!!

Pedimos el Milagro de amar?

Viernes, abril 10th, 2009

“Recuerdo haber escrito hace unos años un extraño poema en el que me imaginaba que, por un día, Cristo se dedicaba a hacer los milagros que a él le gustaban y no los puramente prácticos que la gente le pedía. Y que, en un camino de Palestina, una muchacha hermosísima se presentaba delante de él planteándole la más dolorosa  de las curaciones:
Ella era tan bella, que toda la querían, pero ella no quería a nadie. Deseada por todos, arrastraba una belleza inútil e infecunda. Y le pedía a Cristo el mayor de los milagros:

“Que le concediera el don de amar”.

Cristo, entonces, la miraba con emoción y compasión y le preguntaba:

“¿Sabes que si amas tendrás que vivir cuesta arriba?”

La muchacha respondía:

“Lo sé, Señor, pero lo prefiero a este gozo muerto, a esta felicidad inútil”.

Ahora Cristo le sonreía y le decía:

“Esta bien, levántate y ama, muchacha. Entra en el mundo terrible  de los que han preferido a ser amados”. Y la muchacha se alejaba con el alma multiplicada, dispuesta a nadar felizmente a contracorriente de la vida”. (José Luís Martín Descalzo)

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Es posible que le hayamos pedido a Dios muchos milagros en nuestra vida.
¿Le habremos pedido alguna vez el milagro de que nos regale el don del amor?
¿El don de ir contracorriente de tantos egoísmos e intereses?
¿El don de amar, por más que los demás no nos amen?
¿El don de poder amar ensanchando nuestra alma encogida por el egoísmo e incluso por nuestra belleza?

El mayor milagro que Dios puede hacernos es sanar nuestro corazón agrandándolo con el amor. Y sin embargo, es posible que cada uno prefiera que le cure el dedo meñique que le duele a no que le sane el corazón.
Dios ha hecho milagros sanando nuestras heridas y nuestros sufrimientos. Y tal vez, eso es lo que más nos llama la atención de Dios.

Sin embargo, el mayor milagro de Dios para con los hombres nos lo relata hoy Juan:

“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en el, sino que tengan vida eterna”.

El mayor milagro de Dios cada día en nuestras vidas es que nos ama, incluso si no somos dignos de ser amados o rechazamos su amor.

Clemente Sobrado C.P.

No pongamos excusas

Viernes, abril 10th, 2009

Se dice que muchos años atrás el Virrey de Nápoles hizo una visita a Barcelona, España. En el puerto había un barco de remos, una galera, con prisioneros condenados a remar, castigo usual para la época. El Virrey se acercó a los prisioneros y les preguntó que había pasado, que los había llevado a estar ahora en esta situación. Así escuchó de primera voz terribles historias.

El primer hombre dijo que estaba allí porque un juez aceptó un soborno de sus enemigos y lo condenó injustamente. El segundo dijo que sus enemigos habían pagado a falsos testigos para que lo acusaran. El tercero dijo que había sido traicionado por su mejor amigo, quien escapó de la justicia dejándolo. Y así por el estilo.

Finalmente el Virrey dio con un hombre que le dijo:
“Mi Señor, yo estoy aquí porque lo merezco. Necesitaba dinero y le robé a una persona. Estoy aquí porque merezco estarlo.”

El Virrey quedó absolutamente anonadado y volviendo sobre el capitán del navío de esclavos dijo:

“Aquí tenemos a todos estos hombres que son inocentes, están aquí por injustas causas, y aquí este hombre malvado en medio de todos ellos. Que lo liberen inmediatamente, temo que pueda infectar a los demás”.

De esta manera el hombre que se había confesado culpable fue liberado y perdonado, mientras aquellos que continuaban excusándose a si mismos volvieron a los remos.

Esta es una historia verdadera, y la moraleja es bastante obvia. Hablamos de las excusas y su poder. De cómo nos encadenan y mantienen sujetos en un determinado orden de cosas.

¡NO PONGAS EXCUSAS…!

El monje

Viernes, abril 10th, 2009

Hay una vieja narración egipcia que nos cuenta de un monje muy santo que vivía en el desierto, ayunaba a menudo y había abrazado la más abnegada pobreza.
Mucha gente de los alrededores lo tenía por santo, y se decía que era el hombre que estaba más cerca de Dios.
Así parecía, puesto que este monje se pasaba mucho tiempo en serena contemplación y diálogo con Dios.
Un día llegó a oídos del monje lo que la gente decía de él, y picado por la curiosidad le preguntó a Dios:

Dime, Señor ¿es cierto lo que la gente dice de mí, que soy el hombre más santo y el que está más cerca de Ti?…

De veras quieres saberlo? ¿Por qué estás tan interesado? le preguntó Dios…

El monje le contestó:

No es la vanidad la que me mueve a preguntarte esto, sino el deseo de aprender. Si hay alguien más santo que yo, debo ser su discípulo para saber acercarme más a Ti…

Dios entonces le dijo:

“Muy bien, baja por el sur del desierto al pueblo más cercano y pregunta por el carnicero del pueblo, él es el más santo”…

El monje se sorprendió mucho con la respuesta de Dios, pues en aquella época los carniceros gozaban de muy mala fama, pero obediente hizo lo que el Señor le indicó.

Llegó al pueblo y pudo observar a sus anchas al carnicero, y no encontró en él nada extraordinario.  Al verlo incluso llegó a dudar, le pareció de bruscos modales, algo malhumorado y observó con preocupación, que cada chica hermosa que llegaba a la carnicería, era mirada de forma “no muy santa ” por el carnicero…
Cuando terminó de atender a la gente y se disponía a cerrar el negocio, el carnicero, sorprendido le preguntó que quería.  El monje le contó lo que le había llevado a verlo y el carnicero quedó más sorprendido todavía.

Mire, yo no dudo de su palabra pero me sorprende mucho que Dios le haya dicho eso, yo soy un gran pecador, aunque voy a la Iglesia no lo hago con la frecuencia con que debería.  Pero en fin, mi casa es su casa “.  Y le invitó a pasar y a comer con él, en tanto él entraba a una habitación en donde un anciano acostado en un lecho recibió todo el cuidado del carnicero, que le dio de comer en la boca y lo arropó con cariño para que durmiera…

Perdone mi indiscreción le dijo el monje al carnicero – ¿es su padre?

“No lo es” le respondió. “En realidad es una larga historia”…

Podría contármela?” le dijo el monje.

“A usted se la contaré pues sé que los monjes saben guardar secretos.  Este hombre fue quien mató a mi padre.  Cuando vino al pueblo, mi primer impulso fue matarlo para vengarme pero estaba viejo y enfermo y sentí pena por él.
Luego recordé a mi padre, que siempre me enseñó a perdonar y en su nombre decidí tratarlo con amor, como hubiera tratado a mi padre, si aún viviera”…

No está más cerca de Dios el que cumple prácticas de piedad o dedica mucho tiempo a realizar actos religiosos, sino aquel que ama y perdona aún al que lo odia.

“Porque quien obra así hace lo mismo que Dios…”

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