Consumo, luego existo
Miércoles, abril 8th, 2009Es posible que si me pregunto: ¿soy yo un consumista? al menos, lo pondré en duda.
Pero, si en vez de preguntarme me miro a mí mismo, observo las ansias de mi corazón, termino por convencerme de que, yo formo parte de esa nueva religión que se llama “el consumo”.
La predicación del Evangelio está siendo reemplazada por los “anuncios publicitarios”. Y los oyentes y videntes de la publicidad, son ciertamente mucho más que los oyentes de la Palabra de Dios.
Por mucho que escuchemos la Palabra de Dios, como que no se nos pega al alma. Como que no logra entrar en nuestros oídos. Termina la Misa y salimos tan limpios como cuando entramos. Como que el anuncio evangélico no nos ha salpicado demasiado. Sin embargo, salimos de delante del Televisor y es posible que un ansia nueva se haya prendido en nuestro espíritu. Una nueva necesidad se nos ha pegado al alma.
No sé cuánto podrán cambiarnos las tres lecturas de la Misa dominical, incluida la Homilía y cuanto influirán luego, en nuestro comportamiento en la vida. Sin embargo, la publicidad del “consumo”, de una u otra manera nos deja tocados en el alma. Tarde o temprano, terminamos por vestir como nos han dicho, terminamos por beber lo que nos han ofrecido, terminamos por cambiar nuestro champú por el que nos han metido por los ojos, terminamos por usar ésta o aquella marca que nos identifica como actuales y modernos. Nos iba bien con lo que teníamos. Pero la carga publicitaria nos fuerza a cambiarlo todo por otro que, posiblemente sólo se diferencie en la “etiqueta”.
No sin cierto humor negro se ha dicho que, “las nuevas catedrales son los grandes centros comerciales”, las “nuevas Iglesias son las nuevas firmas comerciales”, y las “nuevas eucaristías” son las largas colas delante de la “máquina registradora”.
Yo no sé si todo esto será realmente verdad del todo. Pero bastaría con que cada uno miremos un poco por dentro nuestro corazón y veamos lo que desea y lo que “necesita”. Tampoco estaría mal ver “cuánto nos duran las cosas” y cuándo las declaramos ya “fuera de temporada”, y por tanto fuera de uso.
Con frecuencia observo la ropa que suelen enviarnos, desde afuera, para repartir entre la gente necesitada. Y confieso que hay vestidos, sacos, pantalones, camisas, que uno duda de si estarán sin estrenar, o simplemente les “ha pasado la temporada” y han caído en desuso. Con frecuencia, trato de examinarme a mí mismo y preguntarme: ¿cuántas de mis “necesidades” son reales y cuántas “me las voy creando artificialmente”.
Descartes dijo: “Pienso, luego existo”. ¿No podríamos modificar el aforismo cartesiano y cambiarlo por: “consumo luego existo”?
- Consumo amor: luego existo.
- Consumo sexualidad: luego existo.
- Consumo trapos: luego existo.
- Consumo cosas: luego existo.
Que el pensamiento y el pensar manifiesten mi existencia, me parece bueno. Pero que la razón de mi existir sea el “consumir cosas” ¿no es empequeñecerme a mí mismo? No pueden ser las cosas las que me hagan a mí, sino yo quien haga a las cosas.









